Un retrato del panorama escénico venezolano a través de ocho protagonistas
Venezuela afronta un año insólito.
Aún al calor de la «extracción» de Maduro y la irrupción estadounidense, un doble terremoto devasta el país un fatídico 24 de junio. La cifra oficial de fallecidos supera los seis mil; los desaparecidos multiplican esa cifra, nadie sabe por cuánto. No hay palabras para describir tanta pérdida.
Una semana antes de la desgracia, conversaba yo con varios profesionales de la escena venezolana con la intención de confeccionar un retrato de su panorama. El doble terremoto detuvo la escritura del artículo, los teatros cerraron y, mientras unas salas solicitaban ayuda para reparar los desperfectos en sus infraestructuras, otras apoyaban a las víctimas supervivientes o se convertían en centros de recogida de víveres y suministros.
Hace relativamente poco que decidí retomar el artículo; los teatros ya han recuperado la normalidad, si hay algo en Venezuela que pueda considerarse «normal». En lo que sí están de acuerdo mis ocho entrevistados es que, si algo caracteriza al teatro venezolano, es en su alta capacidad de resiliencia.

Miguel Issa1, director y creador escénico, analiza las consecuencias del doble terremoto sobre el tejido artístico: «A pesar de la adversidad, las artes escénicas en Venezuela mantienen una escena viva y diversa que ha fortalecido su músculo de resistencia. Sin embargo, tras los sucesos del 24 de junio, se mezclan la incertidumbre, la infraestructura afectada y el debate sobre nuestra función social: el teatro es tan vital como una farmacia, un hospital, una farmacia o un supermercado. Esta coyuntura nos abre la oportunidad histórica de reconstruir la memoria e integrar al gremio y al Estado en un plan real que acerque el arte a la comunidad de forma sostenible». Y prosigue: «En Venezuela sobra talento e impulsividad, pero falta un pensamiento estructurado que garantice proyectos perdurables y de calidad mientras intentamos retomar el ritmo. Iniciativas como La ruta de la esperanza del Ministerio de la Cultura, a raíz de los acontecimientos del 24 de junio, reflejan ese deseo de acción, aunque carecen de la claridad estratégica necesaria. Más que cambios drásticos, percibo un impulso acelerado por hacer más; pero la urgencia sin reflexión corre el riesgo de quedarse en lo efímero».
Ante lo que considera «un contexto impredecible», Issa contempla que «el futuro dependerá de nuestra capacidad para trascender la mera supervivencia y transformar el modelo de gestión cultural desde el pensamiento crítico». Así mismo, critica que «la pasión suele ganarle a la autorreflexión y la prisa por producir nos hace perder oportunidades clave de consolidación gremial».

«Preocupante», así resume José Pisano2 el panorama teatral. Pisano es gestor cultural y director de Trasnocho Cultural. «Si bien el país, por los acontecimientos de principios de año lucía optimista frente al futuro, seguimos viviendo una crisis económica que afecta la vida del venezolano, que le obliga a hacer grandes sacrificios para atender sus necesidades básicas. Actividades vinculadas al entretenimiento no pueden ser consideradas, justamente por limitaciones presupuestarias. Fuera de Caracas, la situación es sin duda mucho más fuerte. Esto afecta inclusive a directores y productores, quienes al no tener apoyo económico para poder llevar adelante sus proyectos, se limitan mucho en su realización. Los centros culturales hacen sus mejores esfuerzos en mantener activas estas labores». Vuelve a remitirse a los cambios políticos de principios de año para relatar que «esperamos una reactivación económica que permita a sectores públicos y privados apoyar de forma más comprometida a este sector».

Héctor Manrique3, actor, docente y director del Grupo Actoral 80, habla de la mayor crisis teatral de los últimos cincuenta años: «La desaparición de mas de seiscientos grupos teatrales en los últimos quince años, sumada a la diáspora de creadores, maestros, técnicos, ha sido un duro golpe en el proceso de creación de nuestro teatro. Las temporadas de estreno se han reducido en número de funciones de una manera dramática y las escuelas de formación han tenido que cerrar sus puertas por no haber alumnos interesados. Es una situación sumamente compleja, la misma complejidad que vive el resto de las disciplinas artísticas».

Tampoco se anda con pelos en la lengua Carolina Rincón4, productora teatral: «No existe un teatro vital» en Venezuela «pues nos encontramos ante un sistema político que no ayuda».

Luis Parada5, médico miembro de la Fundación Isaac Chocrón, cuenta que la escena venezolana avanza «cuesta arriba» y la describe como «un ecosistema de resistencia estética, profundamente resiliente, resistente a los avatares del país», altamente centralizado en la capital hasta el punto de invisibilizar la actividad del interior del país. «El apoyo económico, tanto del Estado como de la empresa privada, es escaso en un terreno desprovisto de políticas públicas culturales. La escena sobrevive polarizada entre un público masivo que busca casi exclusivamente un formato comercial y por el otro lado grupos con propuestas alejadas de lo comercial, teatro de autor o nuevos dramaturgos —nacionales y foráneos— con un público que busca nuevas propuestas, pero que dependen de su autogestión o al apoyo que puedan prestar embajadas —algunas pocas hacia grupos específicos— para lograr llegar a escena».

Luis Alberto Rosas6, dramaturgo, director, crítico e investigador, también alude a la resiliencia. «En la actualidad, el panorama de las artes escénicas caraqueñas un escenario de «resistencia creativa» donde el teatro sobrevive en un equilibrio muy precario. Desde hace mucho tiempo carecemos de los financiamientos públicos y privados que históricamente sostuvieron al gremio, lo que ha forzado a una reconfiguración de la calidad de espectáculos y la formación. A pesar de que la educación formal se desmorona, los espacios tradicionales cierran, los artistas han migrado fuera del país, gran parte de los que continuamos acá hemos tenido que migrar a espacios no convencionales. Con todo en contra, hemos manteniendo una cartelera efervescente, diversa y profundamente resiliente».
Sobre esta efervescencia, Parada detalla que «se observa una maduración en los modelos de producción independiente, como por ejemplo Círculo escénico o La caja de fósforos quienes, fuera de su espacio habitual, buscan nuevas propuestas que atraigan al público», hecho indicativo de que «se observa un retorno a obras que invitan a la reflexión y a la búsqueda de espacios alternativos, frente a la escasez de salas de teatro».
Rosas, de nuevo, describe que «hemos pasado de la queja ante la carencia a la consolidación de una «expansión creativa» en medio de la crisis. Las temporadas son cada vez más cortas —uno o dos fines de semana como máximo— y el sustento económico es insuficiente, lo que crea una falsa apariencia de que «se hace mucho teatro en Caracas», pero son temporadas que no dejan ninguna huella artística. Esto trae como consecuencia que el público se disperse y cada vez acuda menos al teatro. Prefiere llenar las salas comerciales para ver a sus artistas reconocidos y no apostar por la gran oferta de pequeñas temporadas del teatro de autor. Si bien la inmediatez ha golpeado la calidad técnica, el gremio —desde maestros de los ochenta hasta emergentes— seguimos encontrando en el teatro el refugio necesario para seguir «haciendo país»».

Pilar Arteaga7, quien ha trabajado en el desarrollo de políticas públicas para las artes escénicas, relata que «Venezuela vivió décadas de un intercambio y crecimiento cultural sumamente prolíficos. Aunque ese ecosistema desapareció, el impulso y la necesidad de un teatro sólido siguen vigentes; prueba de ello es la notable fuerza creativa y la potencia de las propuestas que están emergiendo de las nuevas generaciones». A pesar de estas propuestas, ella también habla de los tiempos actuales con pesadumbre: «El teatro ha sufrido un severo estancamiento. la actividad ha quedado prácticamente reducida a las agrupaciones más sólidas de Caracas, que resisten en medio de precariedades. El inventario de salas operativas es ínfimo y son muy pocos los colectivos que cuentan con una sede propia para desarrollar su trabajo».

Andreina Polidor8, dramaturga, directora y actriz del Teatro de la Penumbra, también acusa la crisis: «El circuito teatral se ha desvirtuado de una manera absorbente». A pesar de ello, dice seguir «con mucho amor, disciplina y un norte claro. Quizás mi visión —añade— suene un poco pesimista, pero no por ello dejamos de hacer, de crear y de ser el antagonista de tantas penurias». Comenta también la dificultad de «entender que el teatro y las artes son parte fundamental de la economía de un país. Aunque ir al teatro no se parezca a comprar una cartera, debería ser una necesidad tan básica como esta. Pero no lo es. El 80% de Caracas no tiene ni idea de que el arte existe, y eso es un golpe muy duro para nosotros como gremio. El público es escaso, la crítica no existe y los pocos espacios que quedan están absorbidos por un teatro comercial atado a la nostalgia. Para aquellos que apostamos por la investigación, no nos queda más que resolver nuestra economía por otros medios para poder sostener la permanencia, la constancia y la disciplina a la hora de crear. La situación actual del teatro es asfixiante; muchos no sabemos cuánto más podremos aguantar. Circula en el ambiente una densa sensación de frustración. Este año ha sido especialmente difícil. Hay una sensación de estancamiento, esa extraña contradicción de que no pasa nada pero todo sigue su ritmo. No siento que algo haya cambiado; seguimos atesorando la promesa del cambio mientras trabajamos para evadir el impacto de que ese cambio nunca llegue».
Como miembro de una compañía independiente de teatro, Polidor destaca que «los espacios no cuentan con una gestión adecuada, y cuando a las agrupaciones nos toca asumir alguna de las pocas salas disponibles, nos enfrentamos a dos escenarios. En el mejor de los casos, si la sala tiene su propio público, es un espectador acostumbrado a un teatro superfluo, comercial y nostálgico. El otro escenario es que la sala no tenga un público fijo, obligando a la agrupación a hacer magia para convocar personas en cada función. Ante esto, mucha gente se agota y prefiere el teatro de la inmediatez: ese que funciona más como mero entretenimiento que como un espejo de reflexión, cuestionamiento y pasión».
Rosas también alude a la necesidad de «tratar de recuperar los aportes oficiales y las políticas culturales oficiales necesarias para cualquier impulso cultural de cualquier país como derecho constitucional» y; por otro lado, «poner el acento en la dramaturgia y la crítica. Debemos superar el temor a dialogar frontalmente con nuestra identidad con las problemáticas políticas y sociales que actualmente están ausentes en muchas propuestas». Describe la institucionalidad teatral venezolana como «en ruinas» y necesitada de un rescate, apoyado por «el oficio de la escritura y la crítica como pilar del hecho escénico. El teatro seguirá siendo un nodo de resistencia cultural, pero su evolución real vendrá de la valentía para contar historias que nos toquen y nos definan como venezolanos, pero lo siguiente será formar un nuevo espectador teatral que nos acompañe en este proceso, y que entienda que el teatro no es sólo espectáculo comercial de evasión».
Parada, a su vez, concreta la necesidad a corto plazo de «propuestas que inviten al público a escapar del monopolio comercial y de otras ofertas audiovisuales —plataforma de streaming, por ejemplo—» y también la necesidad de diversificar los mecanismos de financiación para el teatro de autor. A medio y largo plazos el panorama es deprimente: «Si no se descentraliza ni se proponen políticas públicas culturales, corremos el riesgo de asfixiar al teatro en el interior del país y hasta en la misma capital» con la consiguiente reducción de la escena a «circuitos aislados, localistas y capitalinos».
Rincón también destaca la existencia en el teatro de estas «experiencias aisladas que resisten, pero el porcentaje es muy bajo». También declara que el sistema político es ignorante y está al margen de la creación auténtica. ¿Por qué? «Censura, falta de incentivos, una educación en estado crítico…».
Arteaga argumenta sobre la relevancia del fomento en la educación y en el arte: «Persiste una ausencia absoluta de políticas culturales y de inversión en nueva infraestructura, mientras que la formación profesional se mantiene estancada en niveles básicos dentro de las escuelas formales, dinamizada únicamente por iniciativas independientes de algunas agrupaciones. El porvenir de la escena está indisolublemente ligado a la implementación de políticas que respalden la formación, la producción y la difusión. Bajo la actual coyuntura política, resulta complejo pronosticar cuándo se producirán las transformaciones estructurales necesarias para darle oxígeno y viabilidad al desarrollo teatral».
Rincón vaticina que el teatro proseguirá únicamente con apoyo privado, aislado de las instituciones, con lo cual nunca alcanzará a la totalidad de la población y perpetuará el retraso, «producto de la barbarie que nos ha tocado en el país».
Polidor añade: «Somos una generación convencida de que siempre se puede estar peor, pero, como buenos venezolanos, llevamos una dosis de fe por dentro. Si llegara la inversión y mejorara el poder adquisitivo en el país, quizá en unos tres años la gente empezaría a entender la importancia de invertir su dinero en el arte».
Retomo a Issa, que apostilla: «Estamos ante una oportunidad histórica para replantear cómo gestionamos la cultura en Venezuela. Somos un gremio talentoso, fuerte y frágil a la vez; no podemos detenernos, pero el verdadero reto no es solo seguir, sino transformar nuestras vulnerabilidades en fortalezas mediante el conocimiento y la experiencia acumulada».
«El teatro en Venezuela se niega a desaparecer», relata Parada, y explica que es gracias a su resiliencia y la pasión por por aquellos que hacen arte a través del teatro y la dramaturgia nacional. ¿Y por qué no se importa esa dramaturgia? «El silencio internacional no se debe a la falta de calidad artística o técnica, hay propuestas que bien podrían estar en la escena foránea, el aislamiento es más bien estructural. Más allá del circuito comercial de evasión, también hacemos un teatro que busca verdades, reflejarnos, reflexivo y que tenga valor universal. Nuestro teatro depende excesivamente del heroísmo de sus creadores y de la taquilla comercial para poder respirar y no morir en el intento».
Pisano cuenta que «a finales del 2025 había un gran pesimismo sobre el futuro. Muchas personas se marcharon del país buscando mejores oportunidades en otros lugares fuera de Venezuela. Aún muchas otras, particularmente jóvenes, lo siguen considerando. Si bien algunos han regresado, el país sigue limitado en cuanto a las posibilidades de desarrollo que puede ofrecer, particularmente en el sector artístico, en esa conexión con el público, mayor a la de un simple nicho que sigue resistiendo. En cuanto a creatividad, por el contrario, quienes continúan activos buscan la manera de seguir formándose y desarrollándose, esperando ese reconocimiento por parte de una audiencia más activa».
Manrique, como Parada, también invoca esa resistencia. «Estos años han sido de enormes dificultades para la producción de espectáculos. La crisis económica también se ha sumado a la dificultad del espectador para asistir a las representaciones» y pide equivocarse, ojalá, cuando concluye que no cuenta con ningún indicio que le permita discernir un futuro distinto al que viven en estos momentos. «No veo un cambio en las condiciones económicas y sociales que me haga presumir que nuestro teatro podría tener un cambio sustancial en los próximos años. Ojalá esté equivocado».
Pisano también desearía que el sector cultural tuviera su merecido apoyo «y que el público, como en tantos países, pueda tener en este sector ese merecido refugio que le complementa como persona y como ciudadano, tan necesario para disfrutar de una buena salud física y mental. El teatro, el cine, la literatura, la música, la pintura, la fotografía y el arte en general, deben ser considerados como elementos básicos y cotidianos de la vida de cada quien. Es lo que ayuda a crear ese espacio de refugio personal, que nos da fuerzas para enfrentar nuestro día a día. Apostamos por ello», concluye, aunque sabe que en Venezuela «es muy complicado pronosticar algo».
Mis agradecimientos a los ocho protagonistas de este artículo, y también a Eloy Marchán y Roma Rappa por su colaboración.
Nota bene: No obtuve respuesta para este artículo de la Compañia Nacional de Teatro de Venezuela, adscrita al Ministerio del Poder Popular para la Cultura de Venezuela, y del Centro Cultural Chacao, gestionado por la Alcaldía de Chacao.
- Miguel Issa: Director y creador venezolano con más de cuarenta años dedicados a la docencia y creación en las artes escénicas y musicales. ↩︎
- José Pisano: Arquitecto dedicado a la gestión cultural. Director del Trasnocho Cultural y de Cinematográfica Blancica, además del presidente de la Asociación de la Industria del Cine (ASOINCI). ↩︎
- Héctor Manrique: Actor, director teatral y docente. Director del Grupo Actoral 80. Fotografía de Miguel Gutiérrez (EFE) ↩︎
- Carolina Rincón: Productora artística y gerente cultural con treinta años de experiencia en el sector. Directora de Productora de Sueño. Sus últimas producciones escénicas han sido Amistad y La lengua en pedazos de Juan Mayorga, y Los que ríen los últimos de Eusebio Calonge. ↩︎
- Luis Parada: Miembro de la Fundación Isaac Chocrón. Investigador y jurado de festivales escénicos venezolanos, con un Master en Teatro Latinoamericano en curso. Público de mirada crítica y comunicador social, compagina su labor de análisis y desconstrucción dramática con el ejercicio profesional en la medicina. ↩︎
- Luis Alberto Rosas: Dramaturgo, director, crítico e investigador del teatro venezolano. Magíster en Teatro Latinoamericano de la Universidad Central de Venezuela, licenciado en Artes Escénicas egresado de la Universidad Central de Venezuela y profesor universitario de Unearte-Teatro y la Universidad Audiovisual de Venezuela. Miembro fundador y activo de la Asociación Venezolana de Crítica Teatral. ↩︎
- Pilar Arteaga: Con una trayectoria de más de cincuenta años como veedora de teatro, ha ejercido responsabilidades en el diseño y aplicación de políticas públicas para las artes escénicas y se ha desempeñado como guionista cinematográfica. Fotografía de Sócrates Serrano ↩︎
- Andreína Polidor: Dramaturga, directora y actriz del Teatro de la Penumbra, actualmente en temporada con This is Salem. ↩︎

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