¿Volvemos a creer?

Madrid, 7 de octubre de 2026:

Desayuno en el bar San Diego, esquinero entre la avenida del mismo santo y la calle de Carlos Aurioles.

El lunes empecé un nuevo proyecto en Raquel Pérez Formación Actoral con el grupo de tercero de la mañana. Ya tenemos título; lo descubrirás en la última fotografía. Por la tarde arrancó también la 17.ª edición del laboratorio de dramaturgia y dirección que coordino en Microteatro.

Los inicios de cualquier cosa siempre me suponen un reto por mis neurodivergencias no diagnosticadas. Por suerte, cuento con suficientes habilidades sociales adquiridas para desenvolverme con solvencia, aunque aún haya retos imbatibles como, por ejemplo, la señalética del metro de Madrid o las tarrinas individuales de mantequilla «abrefácil». No hay nada que me cueste más abrir que cualquier cosa que lleve escrito «abrefácil».

Mientras me peleo con una endemoniada tarrina de esas, una madre pide al camarero un churro para su hija y el camarero la invita. Yo desisto con la tarrina, corto el cruasán en pedacitos y me entrego al scrolling de las noticias del día. Afuera, un futuro incierto encapota el cielo madrileño. El camarero invita a la niña al churro y la madre le da las gracias. La humanidad, cuánto se revela en los pequeños gestos.

Con mis neurodivergencias que ahora conozco, sé que mis silencios de niño se habrían interpretado hoy de otra manera. En el primer ciclo de EGB siempre me sentaban al lado del peor estudiante para contenerlo. No sé cómo lo hacíamos, pero acabábamos haciéndonos los mejores amigos. Hay tanto detrás de cualquier silencio. A ver si aprendemos a escucharlos mejor, ¿no?

Uno de los artículos que leo trata, precisamente, de los silencios. Cuenta que el silencio ha perdido su valor como espacio de reflexión y se ha convertido en espacio de consumo. Como curiosidad, el dedo en los labios, nuestra señal del silencio, procede del continente africano.

Pido la cuenta. Café con leche y un cruasán a la plancha: 2,90 euros. No doy crédito. Y eso que no vengo de tan lejos: Barcelona.

Al terminar el ensayo de hoy en la escuela, nos tiramos por el suelo para nuestro primer selfi de grupo. En la fotografía faltan Paula, Anita y Nerea, pero de momento os presento a Dalia, Alicia, Sonsoles, Jesús, David, Cristina y José.

A la salida de la escuela, me acerco a la Puerta del Sol.

Es lo más parecido a entrar en una iglesia.

Uno siente, de nuevo, que cree.

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