Muerte en Berlín

Barcelona, 1 de agosto de 2026:

He tardado más de una semana en escribir sobre el atentado. Y lo necesitaba. Pero no ha sido hasta al cabo de una semana que he dado con las palabras.

Serán breves, pero certeras.

Nunca habíamos estado tan cerca de un atentado como la noche del sábado en Tiergarten. ¿Quién nos iba a decir que a escasos metros de nosotros habría un pirado abriéndose paso a machetazos entre la gente?

Una persona fallecida y veintinueve heridas. Podríamos haber sido cualquiera de ellas. La fallecida, las heridas. Estábamos en el mismo parque, en la misma celebración. La noche en que Berlín se partió.

Al día siguiente, la capital amaneció conmocionada, silenciosa y triste. ¿Quién entiende el odio?

Ese día recorrimos cuatro memoriales, paradójicamente tan cerca uno del otro. El primero se improvisó en la Puerta de Brandeburgo, bajo la lluvia. Si hay un lugar que define Berlín es la Puerta. Tras la columnata, se desmontaba el escenario del Orgullo, todo el programa cancelado. De camino al lugar del atentado, cruzamos por el Monumento del Holocausto y nos detuvimos en el Monumento a los Homosexuales Perseguidos bajo el Nacionalsocialismo. A pocos metros de este ocurrió el atentado. En el primero y en el último aún había pocas ofrendas: flores, velas, mensajes y banderas. Una semana después, sé que han crecido, y mucho. Nos toca a los vivos reivindicar a esa madre de sesenta y cinco años que viajó desde Polonia para celebrar con su hija —con vida, aunque gravemente herida— todo el amor que sentía por ella.

Esta semana los artículos se han sucedido en la prensa, algunos tan escandalosos como lo imposible que es pasear de la mano con tu pareja homosexual. No es una noticia, es una realidad. Como el odio que recibimos. Porque el odio, en el mejor de los casos, nos malmira, cuando no escupe a tus pies, veja y mata.

Berlín sigue herida, pero promete recuperarse más fuerte, comprometida y unida que nunca. Puede que el odio hacia el colectivo también crezca, pero estaremos preparados porque estamos en el lado correcto de la historia. Y nos sentimos orgullosos de ello.

¿Qué podemos hacer? Muchas cosas. La primera de todas, votar. Y si votáis al extremismo en cualquiera de sus cabezas de hidra, dejad de seguirme o bloqueadme, aunque valoro tu esfuerzo por haber leído hasta aquí. A lo mejor aún existe la esperanza de dejar de ser un pirado y descubrir la verdad:

«Creo que la verdad sin armas y el amor incondicional serán, al final, lo que prevalezca en la realidad. Por eso el bien, aunque a veces parezca derrotado, es más fuerte que el mal, incluso cuando este parezca triunfar».

No lo digo yo. Lo dice Martin Luther King Jr.

Posdata: La noche del atentado, difundimos por redes un escueto mensaje: «Estamos bien». Nada más, solo para que los allegados supieran. Lo entendieron y agradecieron el mensaje. Lo cuento porque, tal como está el mundo, parece que incluso algo tan sencillo como «estar bien» sea todo un logro, incluso una reivindicación. Si es así, que sepáis que Berlín y el mundo estarán bien. Y eso acabará con el odio.

Todo nuestro apoyo a las víctimas del atentado.

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