Barcelona, 17 de junio de 2026:
Me lo escriben por Wallapop. Una compradora, al notar mi preocupación por un envío que no le llega a través de InPost, me responde que no me inquiete por el retraso.
«Lo único urgente es vivir».
Cuánta razón tiene.
La semana pasada tuve un reencuentro con mi pasado, con aquella época en la que estudiaba Medicina y mis escritos simplemente se acumulaban, uno tras otro, en el cajón del escritorio. Hacía más de veinticinco años que no veía a Kathrin, pero fue como si nos hubiéramos despedido ayer.
Hoy es anestesista y trabaja en Stuttgart en un proyecto pionero de la sanidad alemana, el Schwerpunktpraxis, una clínica que ofrece atención médica, psicológica y social a personas con problemas de adicción. Soy su mayor fan.
Para recordar viejos tiempos, nos acercamos al Hospital de Sant Pau, pero no pudimos entrar: se ha convertido en parte del parque temático barcelonés. Desde la acera de enfrente evocamos aquellas carreras de consulta en consulta, con la bata y el fonendo al cuello, escaleras arriba y abajo; y los pasadizos subterráneos, tan cinematográficos, donde ella me enseñó a atarme los zapatos con una sola mano cuando me fracturé el húmero derecho o donde intercambiamos los peores modismos jamás pronunciados sobre la faz de la Tierra.
¿Quién nos iba a decir entonces que lo único urgente era vivir? Nos creíamos eternos.
Veinticinco años después, con la edad doblada, ya lo sabemos. ¿Será que vivimos con más conciencia? Será, porque lo sabe Kathrin, lo sé yo y lo sabe hasta mi Wallapop.

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