Barcelona, 20 de julio de 2025:
Si llegas por primera vez a Venecia en taxi acuático, estás maldito.
Es espectacular. Y la vida pierde sentido. Nunca más te sentirás tan cerca de la muerte en vida. El agua es imperio y las góndolas, sus ángeles. A Venecia se viene a morir.
Los venecianos ocultan un secreto que deben olvidar para no enloquecer y ahogarse. Todos los teatros están cerrados: los escenarios están en los canales y sus góndolas por doquier. Los gondoleros, tatuados, gritan, coléricos; cada noche tienen sexo con una turista distinta.
En Venecia está la mayor colección de confesionarios del mundo. Mucho mayor que la del Vaticano y más impresionante. Dicen que aquí te confiesa la propia muerte en persona y que todos los milagros aguardan bajo la Iglesia de Santa Maria dei Miracoli a que el hombre vuelva a creer, pero a creer de verdad, para volver a la Tierra.
Hay figuras que te observan desde las esquinas y, cuando te giras, ya no están. Los porteadores son negros y grandes, y arrastran carros cargados de maletas por aceras imposibles. Los turistas son blancos y pequeños, y presumen de algo que nunca les pertenecerá. Según las estadísticas, cada minuto cae al agua un turista; dos de cada tres son influencers. Saludamos a las cámaras 24 horas de Youtube para quienes sueñan, como nosotros habíamos soñado, viajar algún día a Venecia y saludar desde aquellas plazas con cámaras 24 horas.
A la plaza de San Marcos no vamos, solo se ve gente, y gente hay en todas partes. Venecia se bate en el duelo a muerte del siglo XXI: el arte contra la gentrificación y el turismo masivo. En Polo hay una librería queer, concretamente en el Campo Santa Margherita. ¿Ya he dicho que yo soy más de Polo que de Marco?
A Tadzio lo vi en un vaporetto, el brazo en alto, agarrado al techo, una minúscula sombra de sudor en la axila, las miradas que se cruzan y la suya enseguida regresa al mercurio lascivo de los canales infinitos.
En la víspera de nuestra partida, las góndolas se alinean sobre la laguna para crear un puente que permita cruzar a pie desde el Dorsoduro hasta la Giudecca y rendir culto al Santissimo Redentore. No es poesía. En literal. En Venecia la poesía es literal.
Ni una sola palabra de todas las que escriba estará nunca a la altura de esta ciudad. Si el hombre se extinguiera hoy, sería nuestro más bello legado. Así que puestos a morir, muramos a lo grande:
Yo quiero morir en Venecia.











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