Barcelona, 28 de enero de 2025:
En los niveles de iniciación a la escritura dramática suelen darse, principalmente, estos cuatro problemas:
1) Tengo una idea, pero ¿es una buena historia?
LA IDEA.- No es lo mismo una buena idea que una buena historia. Escribir a partir de una buena idea es garante de una buena historia, por supuesto; es, incluso, garante de una gran historia; pero cuidado: por más buena que sea la idea, no lograrás nada si la historia fracasa —aparte de aprender a fracasar, claro está—.
Se requieren talento y técnica para trasladar la idea al papel sin que se deslavace por el camino y termine como una triste ocurrencia a la deriva más, así que plantéate ahora mismo, ante esa idea que tienes entre manos y reluce como oro en paño, lo siguiente: «¿Cuál es el origen de esta idea?», «¿cuáles son sus referentes?» y «¿qué me evoca?».
Un análisis exhaustivo de la idea y de su pasado, presente y futuro te indicará el camino a seguir hacia esa gran historia por escribir.
2) Escribo porque tengo una disyuntiva vital
EL TEMA.- ¿Qué te preguntas como autor? Más vale que te preguntes algo interesante, porque si todo sale bien y estrenas, esa misma pregunta se trasladará al público… y el público no es tonto. Nunca.
Si durante la escritura de tu texto no te preguntas nada, en vez de una reflexión al público le llegará tu panfleto. Adiós al arte. Al menos espero que te hayan pagado bien.
¿Y cómo sabes si tu pregunta es la adecuada? Si a ti te interesa de verdad, ya tienes muchos puntos para que interese a los demás. Así de sencillo: todos tenemos nuestro público. Una hipótesis relevante que plantee una disyuntiva real nos mantendrá en vilo hasta el momento de su resolución, es decir, hasta la catarsis. Y piensa que el gran final de tu gran historia lo obtendrás cuando la pregunta, a pesar de los esfuerzos del autor y de los personajes por responderla, sobrevuele por encima de todos y cada uno de vosotros más allá del desenlace. En el público.
Ah, y volviendo al público: tampoco trates nunca de engañarlo. Engañarlo a él es engañarte a ti; aunque esto es más propio de autores expertos que de autores principiantes.
3) ¿Quién dijo que desarrollar un argumento fuera fácil? Nadie
EL ARGUMENTO.- Como funambulistas sobre el papel, requerimos de mucha intuición y mucha técnica para mantenernos en equilibrio.
Favorecer la intuición en detrimento de lo técnico puede generar desorientación, desconexión y caos en el espectador. Lo peor de lo peor.
Favorecer la técnica en detrimento de la intuición puede generar previsibilidad, retraimiento y aburrimiento en el espectador. Lo peor de lo peor, también.
¿Cómo dar con el equilibrio? Si eres principiante, te responderé con una piedra angular de nuestro oficio: lee, lee y lee… Mucho… Y si es a los clásicos, mejor.
4) La ansiada autonomía ficcional de los personajes
LOS PERSONAJES.- Si los personajes se resisten a cumplir tu argumento de partida, déjate sorprender. No son robots. Son complejos y contradictorios, sienten emociones y actúan en consecuencia. A ellos no les importa el arco que les has diseñado ni cómo se desarrolla tu argumento, tampoco qué te preguntas ni la gran idea has tenido. Tus personajes intentan salvar el pellejo ante una situación que no les apetece nada, y lo van a intentar a cualquier precio y a costa de lo que sea. Por ello, tal como predica el maestro Kurt Vonnegut: dales lo que merecen, sé cruel con ellos.
El buen camino se escribe cuando guían los personajes. Muchos escritores ansiamos ese instante de autonomía ficcional de los personajes como maná en el desierto. ¡La historia avanza adecuadamente!
En una próxima entrada profundizaré en detalle en estos cuatro problemas y también hablaremos de los cuatro problemas que se dan principalmente entre autores expertos.
Cualquier duda o consulta que tengas, déjame tu comentario. ¡Conversemos!

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