El presente muere al huir del paraíso

Madrid, 12 de noviembre de 2024:

Regresamos de Venezuela apenas hace diez días y no puede parecerme más alejado aquel paraíso eterno sin estaciones. Como si una vez lejos, el tiempo se precipitara contra el futuro.

En Venezuela he visto mariposas hacer el amor con las flores y un árbol mágico cuyas ramas se unen de nuevo entre sí, me han cantado al oído la Marcha de la Franja Morada, ¿la conocéis? «San José republicano y la Virgen socialista, el niño que va a nacer militante comunista…». También me han cantado Joan Manel Serrat en catalán, han arrasado conmigo las olas del Caribe y he cenado en una mesa con tres embajadores.

En Venezuela me ha dado la colita una conductora que se dirigía a un entierro y he cruzado El Cafetal en dirección al Colegio Madison bajo un sol de justicia gracias a las indicaciones y al sombrero panameño que me prestó el Oráculo. Estas son las indicaciones: a mano derecha dejarás un altar construido con ladrillos; a mano izquierda, un campo de béisbol; hasta un cruce donde han robado todos los semáforos. Llego al Colegio Madison para hablar de la importancia del arte, la cultura y el teatro ante medio centenar de adolescentes —muchas gracias por la invitación, querido Deiby— y una señora que no conozco de nada, la profesora de biología me cuentan después, grita al verme: «¡Me encanta tu cara! ¡Me encanta!». «Será el sombrero de paja», respondo. Ella niega con la cabeza y sonríe. Regreso por el cruce de los semáforos robados hacia el campo de béisbol con la sonrisa que me ha contagiado.

En Venezuela todo es belleza, incluso lo que no lo es: cada persona oculta un prodigio de supervivencia, los comercios que no celebran la Navidad son multados por el Estado, cuentan mil cuentos acerca del Callejón de la Puñalada y las mujeres allí apuñaladas en Sabana Grande, y he visto con mis propios ojos una media maratón a la venezolana: cortaron el tráfico en la Avenida Principal de Las Mercedes para todos los vehículos a excepción de las motocicletas que circulan por donde quieren. Por suerte la convocatoria no triunfó y solamente había cuatro corredores contados con los dedos de una mano corriendo entre las motocicletas, uno de ellos corriendo en dirección contraria. Insólito.

En este segundo viaje me han quedado pendientes muchas más preguntas para Pili:

  • ¿Qué es un flux?
  • ¿Por qué un flux es un traje chaqueta?
  • ¿Por qué llevar un flux a la tintorería del hotel cuesta lo mismo que llevar unas bragas?
  • ¿Por qué llevar unas bragas a la tintorería del hotel cuesta veinte dólares?
  • Y sobre todo: ¿Qué oficio desempeñan esos señores apostados en la salida de los supermercados que revisan los tickets con una indolencia sin parangón mientras observan tu compra con su visión de rayos X?

Suerte que este valle bipolar cuenta con el Chigüire Bipolar, una suerte de El Mundo Today, para quitarle hierro a todo, que no es poco. Como muestra, tres botones:

Por cierto, la revista Casapaís publica un fragmento del Grimorio portátil en su primera edición especial La verticalidad del fuego: éste. El libro de Casapaís está dedicado a todos los presos políticos, torturados actuales y pasados, y familiares de víctimas de la persecución de la dictadura de Nicolás Maduro. El dinero recaudado con su venta es donado a la ONG Justicia, Encuentro y Perdón que atiende violaciones a los derechos humanos, detenciones arbitrarias y ejecuciones extrajudiciales en el contexto de manifestaciones pacíficas en Venezuela. Tema aparte, por primera vez se me contempla como autor venezolano… y yo feliz.

No escribo más por hoy. Mis dos santos venezolanos, los dos José Gregorios Hernández, me observan en silencio desde su repisa privilegiada. Parecen los Dupond y Dupont de Tintín. Regresaron conmigo hace diez días. Como decía al principio, una eternidad.

El presente muere al huir del paraíso.

Deja un comentario