El día más extraño del mundo

En algún lugar entre Caracas y Madrid, 4 de noviembre de 2024:

Se abre el embarque. Hombres en una fila y mujeres en otra para subir al avión. Insólito, ¿verdad? Lo insólito es el pan de cada día en Venezuela.

Unos y otras dejamos los bolsas y maletas en el suelo. Los perros nos husmean. Brazos en cruz, los militares nos cachean.

Se trata del último control antes de embarcar en el aeropuerto de Maiquetía. Antes de éste hemos superado otros seis controles, por orden:

1) el control antidrogas (donde el militar de turno me pregunta por mi relación con mi acompañante, respondo que «es mi marido» y me replica: «usted querrá decir su “pareja”»),

2) el mostrador de facturación, donde retienen las maletas en la cinta de rayos X más tiempo del necesario,

3) el primer control de inmigración (donde el militar de turno levanta la vista de su móvil, juega a un videojuego tipo Fortnite sin disimulo, pide los pasaportes, los ojea sin prestarles atención, los devuelve y regresa a su partida),

4) el control de embarque y otra cinta de rayos X, los dos Don José Gregorios Hernández y la Virgen del Valle que viajan en el equipaje de mano brillarán más que nunca cuando los desembale en Madrid,

5) el segundo control de inmigración (con mi pasaporte en su poder, desde detrás de un vidrio tintado: «¿Español?», «¿cuál es el nombre de la población donde nació?», «¿su fecha de nacimiento?», «¿qué ha venido a hacer al país?»)

6) otra cinta de rayos X, los dos Don José Gregorios y la Virgen bailando el Y.M.C.A. dentro de la maleta,

7) y este de ahora, el séptimo, separados por género y perros.

Subimos al avión.

El mundo gira de oeste a este, de occidente a oriente, como dicen aquí, aunque aquí parezca que el mundo gire al revés. Atrás quedan tantas personas tan maravillosas que las quisiera para mi futuro más inmediato. La sensación de romperse un poco, qué tristeza, querer estar pero separarse, una grieta. Los afectos, el tiempo, qué dolor.

Inimaginable lo que sufre la diáspora venezolana.

Cumplo años en el día más extraño del mundo, en algún lugar entre Caracas y Madrid sobre el Atlántico. No sé si se trata del cumpleaños más corto o el más largo de mi vida, ¿cuántas horas tiene el día en que cumplo cincuenta años?

«El día de hoy tiene todas las horas del mundo porque hay tanta vida allí de donde vienes, allí donde te rompiste un poco más, un año más, como allí a donde vas». Es la voz del Oráculo del Cafetal. Nos conocimos el año pasado pero este año se ha manifestado como tal. «¿Adónde voy?», le pregunto tal como él me ha respondido, con el pensamiento. Y él sonríe. Sonríe como cuando aquel joven negro se le acercó y le preguntó cuándo serían libres. Y el Oráculo sonrió y dijo: «2025». Pero esta es otra historia.

La fotografía es mi último retrato con cuarenta y nueve años. El último. José y Enrique nos la tomaron a Joan y a mí en el aeropuerto de Maiquetía. Y claro, lo sé, cómo no: la fotografía es insólita. Feliz navidad.

Deja un comentario