PRÓLOGO DE CARLOS BE: Tres deseos

Prólogo de Carlos Be para la primera edición de Las pequeñas alegrías de Gabriel Fuentes publicado por el Centro de documentación de las Artes Escénicas y de la Música (2023):

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Cruza estas palabras
la muerte de una madre. No hay nada ficticio en el dolor.
Lo saben las dramatis personae. Lo sabe Sebastián, pero también lo saben Marisa, Rocío e incluso Déborah, la que menos lo muestra, pero, tal vez, la más avezada al dolor, la rabia y los renaceres. Y también lo sabe Gabriel Fuentes. Y conoce buena parte de sus escrituras. De las escrituras del dolor.

Las pequeñas alegrías se abre con rabia y se cierra con un renacer. La primera norma de cualquier génesis. Y, como en toda buena tragedia, hay mucha comedia y también de la buena.

Una obra teatral tiene su momento. En realidad tiene varios, pero el más relevante es el de su escritura. No cuando se concibe ni se casa. Cuando nace. Además, la escritura de Las pequeñas alegrías supone un hito muy importante en la trayectoria del autor, no solo por el Premio de Teatro para Autores Noveles Calderón de la Barca, por la publicación que tienes entre manos y por su, confiemos, pronto estreno en el panorama nacional o, muchísimo mejor, en el internacional. Las pequeñas alegrías supone un hito muy importante en la trayectoria de Fuentes per se. ¿Por qué? Porque nace en un momento delicioso en la escritura de cualquier autor dramático: ese punto de inflexión que combina intuición y técnica a partes iguales y que, a partir de aquí, resonará, esperemos que a voluntad, hacia donde se le antoje; ese preciso instante en el que ahí están, el niño y el viejo que habitan en Fuentes, escribiendo a cuatro manos, llorando y riendo los dos, a veces al unísono, a veces uno sí y otro no. Las pequeñas alegrías es tan formal como informal, tan trágica como cómica, tan teatral como la vida misma. Cada palabra en Fuentes destila una profunda entrega, cada palabra se nutre de la esencia de la vida.

2

Las pequeñas alegrías nos habla de un secreto. Los secretos son aquellas verdades que piden a gritos ser acalladas, ocultadas, convertirse. Y los grandes secretos son aquellas verdades que desean ser mentira. Las pequeñas alegrías nos habla de un gran secreto compartido que se ha convertido en tantas mentiras como personajes la habitan. Qué gran verbo este de habitar, capaz de intercambiar indistintamente continente por contenido sin variar su significado. La mentira definitiva es aquella que habita el olvido.

La causalidad, orquestada por las tres mujeres más importantes en la vida del protagonista, obliga a este a enfrentarse a aquello a lo que nunca antes se había enfrentado. Es ahora o nunca: antes de que caiga en el olvido, antes de que la mentira definitiva se instale para siempre en su vida. Fuentes invoca la rabia y Sebastián viaja a su pueblo natal para escribir una obra; una obra que, como demostrarán los hechos, tiene que escribirse en ese momento y no otro. Un viaje entre planos de realidad y ficción, determine cada lector los extremos a su libre albedrío. Una cuarta mujer espera a Sebastián en el pueblo, una mujer que él había acallado —Fuentes ni siquiera la menciona en las dramatis personae— y que representa a todas las mujeres y también el reflejo más pulido de lo que Sebastián no pudo ser.

Confiemos también, he aquí mi segundo deseo y —espero que Fuentes me entienda y perdone; estoy convencido de que así será— el más importante; confiemos también que obras como esta dejen algún día de escribirse y ese terrible estrago de nuestra sociedad que son los niños heridos se convierta en una atrocidad relegada a nuestro pasado presente. Se dice que algunos niños heridos crecen y otros no. Los que crecen, crecen junto a un dolor que termina por devorarlos a ellos y a su entorno. ¿He dicho ya que no hay nada ficticio en el dolor? Quien hiere a un niño de por vida merece tolerancia cero.

3

Confiemos, y he aquí el tercer y último deseo de este prólogo, que estas pequeñas alegrías den a su autor grandes alegrías. Dicen que el buen perfume se vende en frasco pequeño. Sé que es una expresión en desuso, algunos la consideraréis fútil y desdeñable,
pero no podemos renunciar a nuestros orígenes.
Tampoco a renacer.

Carlos Be

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